
Novelista por oficio y convicción, Milán Kundera no cuenta sencillamente historias; reflexiona sobre ellas, sobre los personajes, los confronta con el tiempo que les ha tocado vivir. Un gesto, una descripción, no tienen fin en sí mismos. Son una excusa para adentrarnos en los personajes, una justificación para pensar. Para leer –y disfrutar- a Kundera hay que ser el lector cómplice que nos dibujó Julio Cortázar.
Es la ironía una de las constantes en las obras del escritor checo nacido en 1929. Recurso del cual hace uso para mostrarnos la relatividad de los personajes que pueblan sus páginas. Nada escapa a esta mirada no complaciente, ni siquiera el mismo Dios. El concepto de identidad, una apreciación desconfiada hacia la historia y los diversos juegos en los que pueden verse involucrados los amantes son otras de las señas que identifican a este novelista que no solo nos obliga a pensar, sino que nos divierte, incluso hasta la carcajada, con las maneras nada triviales o melodramáticas, pero que en sus manos se convierten en ejercicio de comprensión más que de aceptación.
A quien haya leído buena parte de sus obras, podrá apreciar algo difícil de lograr, una madurez y dominio del oficio que se advierten desde sus primeros textos publicados, desde La broma hasta La identidad, pasando por obras como La insoportable levedad del ser o El libro de la risa y el olvido, las constantes de las que hablamos fluyen como ríos, sin caer en el agotamiento y la reiteración. La forma en que se estructuran sus novelas y relatos se presenta con una cierta musicalidad y agilidad que hace que, para el lector, este balance entre lo leve y lo pesado sea digerible. La vida no es puro drama, tampoco comedia perpetua. Kundera sabe esto, y por ello resultan sus textos más libertinos. El libro de los amores ridículos nos hace batirnos de la risa al tiempo que fruncirnos el ceño probando o desaprobando sus reflexiones, qué más da. El autor entra y sale de sus textos desafiando constantemente las fronteras entre la ficción y el ensayo.
La identidad desesperada
En El falso autoestop, uno de los relatos que componen el último de los libros mencionados, hay un juego en el que una pareja de novios desdoblan sus personalidades, para interpretar roles diferentes: el joven, el de un hombre que da un aventón (o “bola”, como se dice en República Dominicana) y ella juega a ser una chica fácil y coqueta en busca de aventura. Aquí se toca de manera brillante el tema de la identidad de los individuos. El párrafo a continuación es uno de los mejores pasajes del relato, donde Kundera demuestra también su gran capacidad de reflexión sin caer en la verborrea intelectual: “El joven estaba cada vez más irritado por lo bien que la chica sabía ser esa mujer lasciva; si lo sabe hacer tan bien, es que realmente lo es; está claro que no ha penetrado ninguna alma extraña dentro de ella; está jugando a ser ella misma; quizá sea otra parte de su ser que otras veces permanece y a la que ahora, con la excusa del juego, le ha abierto la jaula; es posible que la chica crea que al jugar se está negando a sí misma, pero ¿no sucede precisamente lo contrario? ¿No es en el juego donde se convierte de verdad en ella misma?”
Cuestionamiento continuo, es otra de sus constantes. No dar nada por hecho, ver las más diversas variantes. Muchos de sus personajes recurren a máscaras o disfraces –ideológicos, religiosos, emocionales- para la consecución de una serie de objetivos. En ocasiones esas máscaras llegan a ser la imagen predominante ante los demás, por lo que muchos de los personajes de Kundera se ven indispuestos a mostrar su verdadera cara, su verdadero ser. En el relato que comentábamos, lleno de ironía y humor reflexivo, la chica intenta despojarse de su disfraz, harta ya de la simulación, pero ni siquiera después de un acto sexual el joven le permite retornar a su identidad, provocando en ella desesperación, y no le queda otra alternativa que gemir “yo soy yo”, repetidas veces.
En La identidad, una de las últimas novelas del autor, hay una pareja de largos años de matrimonio, Jean-Marc y Chantal, cuya unión se concretizó sin opositores, sin largos cortejos. Jean-Marc comienza a mandarle a Chantal unas cartas de un supuesto anónimo admirador, que la hacen fantasear y sentirse observada, deseada. “Los hombres ya no se vuelven para mirarme”, es quizá la frase clave en esta novela; es lo que ella piensa en un momento determinado al tener que esperarle a él en una playa, y darse cuenta de que decenas, cientos de hombres la ignoran; es la frase que le dice a él casi sin importancia. De aquí vienen entonces las cartas, pero este juego es descubierto por ella, y se van entretejiendo situaciones incómodas para los personajes.
Al darse cuenta de que Chantal se comporta de forma diferente al recibir las cartas anónimas él duda de la real identidad de ella. Al percatarse de que las cartas son escritas por Jean-Marc, ella duda de la honestidad y sinceridad de él. Aquello que era inicialmente un juego inofensivo, da pie a dudas y a descubrimientos sobre las identidades de ellos.
El problema de la identidad de los personajes, no sólo la emocional sino también la física, atraviesa constantemente la obra. Al llegar a la playa, Jean-Marc confunde por un instante a Chantal con otra mujer. “¡Cuántas veces le habrá pasado lo de confundir el aspecto físico del ser amado con el de otro! Y siempre seguido del mismo asombro: ¿será tan ínfima, pues, la diferencia entre ella y las demás? ¿Porqué es incapaz de reconocer la silueta del ser al que más quiere en el mundo, del ser que considera incomparable?”
Esclavo de una imagen
En la primera novela de Milán Kundera, La broma, que prefigura ya la maestría del novelista checo, Ludvik, el personaje central, regresa a su ciudad natal después de muchos años en busca de una venganza personal. Una de las primeras acciones que realiza es la de ir a una barbería, allí es recortado por una mujer que amó en algún momento de su pasado, pero no tiene la seguridad de su identidad física: “con una extraña insatisfacción salí del local; lo único que sabía era que no sabía nada y que es una gran grosería el perder la seguridad de la seguridad sobre la identidad de una cara que una vez amó tanto”.
Fijémonos en esta cita y en la anterior. Corresponden a dos textos diferentes del mismo autor, pero en novelas que guardan casi tres décadas entre una y otra. Por eso hablamos de madurez. Los grandes escritores generalmente atesoran tres o cuatro temas esenciales, a través de sus obras van realizando diferentes variaciones (querido término para Kundera). Atención. No es un agotamiento, ni un secarse la fuente de la creatividad. Estas novelas presentan muchas diferencias entre sí, pero el autor, aún manipulando historias y contextos tan distintos, sabe cómo manejar algunas ideas que han sido una de las preocupaciones de su obra novelística. Son frecuentemente los muy limitados y supuestos progresistas los que pretenden ser totalmente novedosos en cada novela, en cada relato, en cada poema.
Una broma escrita por Ludvik donde ironiza con los valores esenciales del socialismo, recién instalado a fines de los años cuarenta en Checoslovaquia, es el leivmotiv de la novela, desencadenante de múltiples hechos en la vida del personaje. Aquella carta enviada a Marketa, amor del momento (“¡El optimismo es el opio del pueblo! El espíritu sano hiede a idiotez. ¡Viva Trotsky!”), cuando era un estudiante y miembro de las juventudes socialistas, le granjea perder una serie de oportunidades y ganarse la imagen de reaccionario.
“Comencé a comprender que no había fuerza capaz de modificar esa imagen de mi persona que está depositada en algún sitio de la más alta cámara de decisiones sobre los destinos humanos; comprendí que aquella imagen (aunque no se parezca a mí) es mucho más real que yo misma; que no es ella la mía sino yo su sombra; que no es ella a quien se puede acusar de no parecérseme, sino que esa desemejanza es culpa mía; y que ese desemejanza es una cruz, que no se la puedo endilgar a nadie y que debo cargar con ella”. El creerse una persona diferente a otra no implica necesariamente una diferenciación ante los ojos de los demás. Al volver a su pueblo busca vengarse de Zemanek, antiguo amigo que no le ayudó cuando una serie de desgracias personales le ocurrieron tras la antigua broma, que se hizo pública. Pero al encontrarse con el antagonista, una amante joven de Zemanek los iguala, los identifica como similares: “la mirada de la señorita Brozova y de los de su generación nos vuelve semejantes aún allí donde hemos estado furiosamente uno contra otro (…) Sentí que solo nuestra disputa, que para mí seguía siendo actual y viva, se cerraban las aguas apaciguadoras del tiempo, que como se sabe, es capaz de borrar las diferencias entre épocas históricas enteras y más aún entre dos pobres individuos.”
Fina ironía de Kundera. Porque si hay algo esencial en sus obras no son precisamente los héroes y villanos, los buenos y los malos, sino estos pobres individuos en perpetúa búsqueda de sus identidades, que se ven acosados por las miradas de los otros, por los condicionamientos históricos e ideológicos y por las pobres dudas de los pobres individuos.
Nota: Publicado originalmente en el tercer número de la revista del Círculo Literario El Aleph, mayo del 2000.

