viernes, 25 de marzo de 2011

El amante de Lady Chatterley: celebración de los cuerpos


El cuerpo está volviendo realmente de la vida, surgiendo realmente de la tumba. Y llegaremos a una vida maravillosa, en un universo maravilloso, la vida del cuerpo humano”.

D. H. Lawrence, en El amante de Lady Chatterley.

Connie Read, Lady Chatterley, abomina de esa Inglaterra en la que tiene que vivir, aquella que no es ya la bella campiña inglesa, sino el mundo de las minas, del carbón, del humo, de la sordidez de las relaciones materiales, de un mundo desapasionado, en el cual el máximo exponente de esta yerma existencia es su marido, Clifford Chatterley, discapacitado después de la Primera Guerra Mundial, virgen antes de casarse, irremediablemente virgen debido a la imposibilidad física y mental. “Ella y Clifford vivían en las ideas de ambos y en los libros de él…Connie se daba cuenta que ella misma no le afectaba realmente, no de verdad: quizás no había en él nada que pudiera conmoverse; simplemente una negación del contacto humano.” Este contacto humano, sexual incluso, lo habría tenido Connie antes de la guerra con un joven alemán ya muerto, y lo tendría en su propia habitación (que no conocía Clifford) con un dramaturgo irlandés llamado Michaelis, en cierta manera despreciado por la sociedad sajona, pero con algo de vitalidad que Lady Chatterley demandaba en silencio.

“Despertaba (Michaelis) en la mujer una especie de salvaje compasión y nostalgia y un deseo físico desbocado y lleno de ansiedad.” Era el primer amante desde su matrimonio, y le era necesario tanto por la emoción física, sexual, que podía obtener de él como porque “siempre sentía en sí misma el reflejo de su esperanza. Ella no podía amar del todo, no del todo, en la desesperación”. Tal vez el deseo, la necesidad de vencer esta desesperación la lleve a entregarse sin prejuicios, buscando en la relación misma las respuestas.

En el último encuentro sexual con Michaelis, este le reclama la duración habitual de ella y las mujeres para lograr el orgasmo, cuando él ya lo ha logrado. Esta discusión desencanta a Connie, olvidándose del amor (o la idea del amor) que sentía por él. La soledad, tanto emocional como física, vuelve a ser sus compañeras. La compañía de Clifford es un regodeo constante de universos mentales y racionales, de desapego casi mortal a lo emotivo, hasta el punto de plantearle fríamente a Connie la posibilidad de que ella conciba un hijo con la ayuda de otro hombre, ya que “la costumbre, en mi opinión es más vital que una excitación física momentánea”. Para él lo realmente importante es la compañía de toda una vida, no el sexo ocasional. Hay que recordar que Sir Chatterley no sólo es discapacitado físicamente, sino también pasionalmente. Quizá lo peor.

Oliver Mellors: el descubrimiento

La vida pasa lenta y monótona para Connie. Encerrada en un pueblo minero, Wragby, aborreciendo cada vez más aquel mundo que considera atroz y dudando continuamente de si su destino es estar ligada a Clifford de por vida.

La imposibilidad de llevar un recado al guardabosque (Oliver Mellors) por parte de los criados obliga a Connie a ejercer la función mensajera. Es el descubrimiento del hombre, no solamente de la idea de perpetuidad y costumbre que ofrece su esposo. Al llegar a la cabaña que habita Mellors, toca y nadie contesta, da la vuelta y se dirige a una especie de corral: “Connie retrocedió hasta la esquina de la casa y se precipitó hacia el bosque. A pesar de ella misma estaba conmovida. Después de todo no era más que un hombre lavándose…Sin embargo, de alguna extraña manera, había recibido el impacto en su vientre, y lo sabía, estaba dentro de ella. Pero mentalmente tendía a ridiculizar la situación. ¡Un hombre lavándose en el corral! Estaba desconcertada.”

Era el descubrimiento de un cuerpo, el de un hombre que se le antoja solitario, hermoso, y no solo su belleza física le atraía, era por encima de todo “un esplendor, el calor y la llama viva de una vida individual”, manifestada en un cuerpo, algo tangible, posible de tocar.

El impacto de esta visión será el inicio de una búsqueda, inicialmente por parte de ella, que se plantea básicamente como una exposición constante de ella ante los ojos de él, más que una estrategia desarrollada deliberadamente. Mellors se quiere resistir, pero todo será en vano: la soledad que tanto protegía, eventualmente se irá al suelo ante la pasión que a él también le ira abrazando, como a ella. “Cuando Connie subió a su dormitorio hizo lo que no había hecho en mucho tiempo: se quitó toda la ropa y se miró desnuda en el enorme espejo. No sabía qué miraba o que buscaba con exactitud pero, a pesar de todo, movió la lámpara hasta recibir la luz de lleno…”

“El reconocimiento del cuerpo masculino le lleva a la inquietud de su propio cuerpo, a la interrogación de ella misma como ser carnal: ¿Qué esperanza le quedaba? Era vieja, vieja a los veintisiete años, sin brillos ni reflejo en la carne. Vieja por culpa del descuido y la renunciación…Solo el joven alemán había amado aquel cuerpo y hacía casi diez años que había muerto.” Un torbellino de inquietudes venía hacia ella, y se cuestiona el porqué haberse casado con Sir Chatterley. Era cierto que desde el punto de vista mental e intelectual le resultó interesante en un momento determinado, pero ahora esa emoción racional se extinguía y daba paso a una aversión física hacia un ser que consideraba al cuerpo poco menos que un habitáculo de órganos y excremento: “aquel hombre astuto y práctico era casi idiota cuando se quedaba a solas con su vida sentimental.”

El inicio del contacto

“Con una extraña obediencia, ella se echó sobre la manta. Luego sintió la mano suave, insegura, desesperadamente llena de deseo, tocando su cuerpo, buscando su cara.” Era el inicio de la relación, que a través de la sexualidad desembocará en amor, que rompe las convenciones y lugares comunes a que han estado atados en el odiado Wragby.

La belleza y la pasión estuvieron presentes, aunque con una cierta distancia por parte de ella, una reserva que le impide entregarse totalmente y una lucidez que le hacía meditar sobre el movimiento de las nalgas de él, que le parecían intensamente ridículas. A pesar de ello, la sensación fue extraña, pero exquisita, ya que Connie “no quiso bañarse aquella tarde. La impresión del contacto de la piel del hombre sobre la suya, su pegajosidad misma sobre ella, le era algo muy querido y en cierto modo sagrado.”

Lady Chatterley descubría no la pasión como tal, vivida antes, sino la adoración ilimitada, temida ya que aquel sentimiento podía anularla, borrarla, convirtiéndose en una esclava. Sin embargo, no estaba muy dispuesta a combatir este sentimiento inmediatamente, ya que creía poder “dominar su pasión y controlarla a voluntad.”

Entre Clifford y Mellors no solo existe el abismo correspondiente entre el patrón y el empleado, sino también entre sus respectivas posiciones ante el mundo: la razón, la pasión. Clifford considera que “el mundo moderno no ha hecho más que vulgarizar las emociones al dejarlas en libertad”, y Mellors asume la contraposición de esta idea, ya que él “eliminaría las máquinas de la faz de la tierra y acabaría por completo con la era industrial como el peor de los errores.” Es esto lo vulgar para Mellors (y también para Lady Chatterley), mientras es precisamente lo correcto y debido para Clifford, así como que cada cual asuma su puesto en el mundo de las relaciones sociales, laborales…y emocionales.

Más que un amante, es el hecho de que sea Mellors lo que encoleriza a Clifford cuando se entera. Mellors produce en Connie pasión, no sólo por su cuerpo y por su forma de poseerla físicamente, sino también por ser lo que ella desea angustiosamente en un hombre, un hombre real, fuera de las estrecheces de aquel mundo concebido como sub-mundo, carente de auténtica pasión, solo habitado de ideas o de obreros semejantes a cadáveres, de discusiones, de proyectos materiales y de estériles conversaciones, todo menos el beso cariñoso, la fornicación reconfortante.

“Nunca he tocado realmente su cuerpo”

Connie decide pasar unas vacaciones en Venecia, y al informarle esto a Mellors le dice, casi como un último deseo, “quiero tocarle como usted me toca a mí. Nunca he tocado realmente su cuerpo…Se abandonó. Sintió su pene elevándose contra ella con una fuerza silenciosa, deslumbrante y potente, y se entregó a él. Cedió con un estremecimiento como de agonía y se abrió por completo a él. ¡Qué crueldad si ahora no fuera tierno con ella, porque estaba abierta a él por entero e indefensa!”. Es “la inquieta necesidad del amor como tabla de salvación” lo que sigue Connie deseando fervientemente, pero sin caer en la negación del placer, en el cuerpo como vía para lograr una plenitud que le sería imposible encontrar con Clifford, sus amistades y el medio ambiente en que vive. El cuerpo en esta novela de David Herbert Lawrence puede (y lo es en este micro universo) ser un aliado perfecto del amor cuando es expresión no únicamente de un fin, sino de una manifestación material del deseo, del sentimiento de amor, del éxtasis en la entrega al otro.

Tras pasar una noche juntos en la cabaña de Mellors, a escondidas y en vísperas del viaje veneciano, durmieron “casi en un solo sueño”. Lawrence destaca en esta frase prácticamente todo aquello que han podido lograr como pareja en términos de comunicación, no solo de simple sexualidad. La integración entre ambos es inevitable, y llevará eventualmente al abandono de Clifford por parte de Connie, a la fuga de ambos de aquel mundo hostil, incapaz de ser residencia del amor, ni de tolerarlo por lo menos.

Al despertar del sueño, Lawrence desarrolla unas poderosas imágines: “Él dejó caer la camiseta y se quedó quieto frente a ella. El sol, a través de la ventana baja, emitía un rayo que iluminaba sus muslos, su esbelto vientre y el falo erecto, que se alzaba oscuro y caliente entre la pequeña nube de pelo de un rojo vivo dorado. Ella estaba admirada y asustada.”

“Es mío también. No solo tuyo. ¡Es mío! Y tan hermoso y tan inocente”, le dice Connie a Mellors. Atrevidas imágenes, especialmente si tomamos en cuenta que fueron escritas hace más de 80 años. En Venecia ella descubre su futura maternidad, espera un hijo de su amante, hecho que es determinante para el futuro de ambos, futuro que está ya marcado por el amor y la absoluta necesidad que el uno tiene del otro. La postura de Lady Chatterley está ya definida de antemano, al discutir con Clifford y plantearle “prefiero el cuerpo. Creo que la vida del cuerpo es una realidad más grande que la vida de la mente.” No la mente como un todo, sino aquella que asume la corporeidad y sensualidad como un asunto de animales, que concibe como único valioso la razón, ‘virtud’ que en los personajes descritos por Lawrence llega a convertirse en un vicio castrante y casi inhumano.

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Nota: Este texto fue publicado originalmente en el tercer número de la revista del Círculo literario El Aleph, en Santo Domingo, República Dominicana, en mayo del 2000.

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